martes, 26 de enero de 2016

¿Para qué el gobierno?

No tengo la más mínima idea de lo que nos espera, en realidad nadie la tiene aunque muchos hagan sesudos análisis sobre quien o quienes deben, o pueden, formar gobierno pero como me gusta ser coherente conmigo mismo, algo que no siempre consigo, una cosa tengo clara: Si en su día defendí que IU formara parte del gobierno de Andalucia, y hoy sigo pensando que era lo correcto, si se planteara una hipotética entrada de alguien de UP-IU en un, más hipotético aún, gobierno de "izquierda", y aquí habría que hacer un inciso sobre la triste realidad de que hoy empezamos a considerar "izquierda" todo aquello que no es derecha radical, yo sería partidario de hacerlo, de entrar, entiéndase. Podría justificarlo de muchas formas, la teoría, utilizada de forma  torticera, puede permitir avalar, al mismo tiempo, una hipótesis, su antítesis y la síntesis de ambas, solo hay que tener un cierto grado de desprecio por la honestidad intelectual y una cierta habilidad para prácticar la antidialéctica sin parecerlo. La única justificación real para esa hipótetica participación en ese gobierno de izquierda (me cuesta no reirme con el concepto en si mismo) tiene que ver con la lamentable situación en la que nos han dejado las urnas, condenados al grupo mixto gracias, por unas razones o por otras, al concurso de las cuatro fuerzas mayoritarias de la Cámara. Con posibles intervenciones a las tres de la mañana las vísperas de festivo con puente, sólo un ministerio nos daría algún grado de visibilidad. ¿Y qué ministerio sería el adecuado? Es irrelevante en el, más que probable, escenario de que ese gobierno, fuere cual fuere su programa, iba a ser incapaz de abordar la necesaria tarea, si realmente queremos avanzar hacia una sociedad más justa, de comenzar a desmontar el sistema capitalista. Ni siquiera si IU-UP hubiera alcanzado la mayoría absoluta de escaños, algo que, evidentemente, no ha ocurrido, el gobierno que formara iba a ser capaz de abordar esa transformación revolucionaria. ¿Porqué? Fácil, porque a pesar de haber conquistado el Gobierno estaría muy lejos de haber conquistado el Poder, y para conquistar el Poder no basta con depositar una papeleta en una urna o hacer campaña para que otros la depositen en el sentido adecuado, la toma efectiva del Poder requiere que la clase, objetivamente revolucionaria, la clase obrera, tome conciencia subjetiva de su papel y su capacidad, y hoy estamos muy lejos de esa situación, en gran medida porque nosotros no hemos cumplido el papel de lo que Lenin define como revolucionarios profesionales, volcando la mayor parte de nuestros esfuerzos en un trabajo institucional, como concejales o incluso alcaldes, que en muchos casos, por nuestra capacidad de trabajo y honestidad, con las malditas excepciones de todos conocidas, ha servido para favorecer la propia institución, que no deja de ser una parte del propio sistema. Y que nadie tome el rábano por las hojas, no estoy planteando, ni se me ha ocurrido, que una vez instalados en las instituciones lo hagamos mal a propósito para debilitarlas. Nuestra obligación es hacerlo lo mejor que podamos pero sin olvidar que nuestro principal trabajo consiste en agudizar las contradicciones, potenciar el conflicto social, incluso desde las propias instituciones, para modificar esas condiciones subjetivas a las que hacía referencia una líneas atrás. Y eso no lo hemos sabido, querido o podido hacer y está en nuestro debe. Y los resultados electorales son la prueba palpable de esa falta de conciencia subjetiva, cerca de cinco millones de personas han votado, y ¡ojo! estaban en su derecho, han votado por el cambio, o más bien por un cierto tipo de regeneración del sistema sin cambio estructural, en la confianza de que es suficiente con alcanzar una mayoría parlamentaria que permita sostener un gobierno para abordar profundos cambios estructurales. Error. Nuestro trabajo, el de esos revolucionarios profesionales, y retomo esa definición porque para mi es muy querida, está en el conflicto social como expresión de la lucha de clases, generándolo allí donde sea posible, potenciándolo dónde ya este generado, y, siempre buscando el paso de categoría, de conflicto social a conflicto político. Y con ello no desdeño la importancia, que la tiene y mucha, del trabajo institucional en la medida que las propias instituciones nos pueden servir de escaparate, altavoz e incluso, a que negarlo, necesaria fuente de financión.
Incluso en el caso, desgraciadamente lejanísimo, a día de hoy de que la clase obrera hubiera alcanzado un necesario grado de conciencia, no tendríamos nada ganado. Ejemplos nos da la historia, en España tras la revolución de octubre, con millones de afiliados a los sindicatos de clase UGT y CNT,  había una clase obrera revolucionaria que contribuyó a la conquista del gobierno en alianza con la izquierda burguesa, y sin embargo fue derrotada, tras tres años de combate, por el sistema mediante un levantamiento militar, un pronunciamiento que hubiera tenido éxito en cuarenta y ocho horas de no haber sido por la existencia de esa clase obrera revolucionaria. Más cerca en el tiempo tenemos la experiencia de la Unidad Popular en Chile y podríamos encontrar otras. En definitiva, la existencia de conciencia de clase en la clase trabajadora no garantiza el éxito, pero su ausencia asegura el fracaso.
Por eso, llegados a este punto y a modo de resumen me da igual que forme gobierno Rajoy, Sánchez, Rivera, Iglesias o la Paquera de Jerez en el convencimiento de que hoy no se dan las condiciones para rentabilizar, políticamente, la obtención del gobierno para alcanzar el Poder efectivo. Y ese debería ser nuestro objetivo prioritario. Y para ello es imprescindible la construcción o reconstrucción, fundación o refundación, del instrumento político adecuado. No soy un fetichista de las siglas ni un devoto de por las siglas de las siglas, amen, pero creo que en este proceso venidero no deberíamos tirar por la borda lo mucho de positivo que tiene IU, y que, al menos en parte, está contenido en sus siglas. Elementos aislados y tarjetas black no son, han sido ni serán IU. No debemos comprar el argumento falaz y rastrero de quienes nos consideran pitufos gruñones con mochila indeseable.

1 comentario:

Carlos M. Rojas dijo...

Pues muy de acuerdo. En su momento mi postura sobre el asunto de Andalucía era abstenerse para no consentir un gobierno del PP y después mantenerse al margen. Luego aprecié que gracias a ese pacto se dieron a conocer propuestas muy interesantes que sólo llevó, lleva y llevará IU por mucho cambio que nos vendan.
Ahora bien, la experiencia demuestra que -como dices- mediante los parlamentos burgueses que nos gobiernan no es posible ninguna transformación, son meros títeres del capital. Y en Andalucía nos chulearon 4 años hasta que ya no se pudo más y rompieron todo.
Deberíamos tomarnos la participación en el Congreso como un altavoz de nuestras propuestas y sólo eso. En lo demás, oposición frontal, protesta contínua y rechazo del reformismo.
Salud. @carlosmagaro